(Antes de que nos cobren por respirar). No todo lo que brilla es engagement.
Desde que las marcas descubrieron que un buen “oigan, vean esto” en Instagram puede mover más producto que un espectacular en Reforma, los influencers pasaron de ser “ese primo que sube TikToks” a mini-celebridades con tarifas que harían llorar a cualquier financiero. Y hay que decirlo: el influencer marketing sí funciona. Bien hecho, puede mover audiencias, posicionar marcas y generar ventas reales.
El problema empieza cuando se vuelve ilógico: cuando las tarifas se inflan sin relación con los resultados, cuando se paga más por el nombre que por el impacto. Hoy hay perfiles digitales con más visibilidad que muchas celebridades de televisión, y eso sí tiene un valor. Pero lo que se paga en una campaña de influencer marketing no es por ser “famoso”: se paga por el impacto que ese perfil puede generar desde sus redes. Una cosa es pagar por usar la imagen de alguien —en un espectacular, un empaque, una campaña comercial— y otra muy distinta es pagarle por subir contenido a sus propias plataformas. Ahí lo que vale no es el ego ni la pose, es el resultado.
Cuando cobrar por existir se normaliza
El problema es que muchos creadores todavía no lo ven así. Hay perfiles con 30 mil seguidores y 12 comentarios por publicación —casi todos de familiares y amigos— que cotizan como si fueran la nueva imagen global de una casa de lujo. Y lo peor es que hay marcas que lo pagan. Ahí es donde empieza a descomponerse todo: cuando se paga sin KPIs, sin lógica, sin evaluar retorno, se normaliza cobrar por existir en lugar de cobrar por convertir. Y eso termina afectando incluso a los perfiles que sí entregan resultados.
“Yo subo el contenido cuando me nazca”
Otro clásico es el mindset de “si me contratas, te adaptas a mí”: creadores que entregan contenido semanas tarde, cambian el guion sin avisar o publican algo sin relación con la campaña, pero se ofenden si se les pide un ajuste. Esto es una colaboración, no una obra de caridad. La marca pone el dinero, los objetivos y la línea editorial; el creador pone su talento, su comunidad y su estilo. Ambos deben ceder un poco.
«Esto es una colaboración, no una obra de caridad.»
Pel Influencer Thinkers
Entonces, ¿qué sí debería pasar?
- Menos drama, más estructura: fechas claras, entregas claras, feedback sin dramas. Se llama trabajo profesional.
- Libertad creativa, con límites: la línea editorial de la campaña no es negociable, el estilo de contarla sí.
- Presupuestos con lógica: cobrar bien está perfecto, siempre que el valor esté respaldado por lo que se entrega.
- Humildad de ambos lados: la marca no lo sabe todo, el creador tampoco. Escucharse construye campañas que funcionan.
Esto no va de cancelar influencers ni de culpar marcas. Va de dejar de malacostumbrar: de entender que el influencer marketing tiene un poder enorme, pero que para ser sostenible necesita lógica de precio, lógica de impacto y lógica de colaboración. En Pel Influencer Thinkers trabajamos todos los días para que esa relación entre marcas y creadores no sea un tira y afloja, sino una colaboración real, estructurada y con resultados medibles.